Presentamos "Arroz para la cena", un relato de María José Rivera Carballo. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por el escritor Mauricio Murillo.
Cuento "Arroz para la cena" de María José Rivera Carballo
Presentamos "Arroz para la cena", un relato de María José Rivera Carballo. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por el escritor Mauricio Murillo.

Arroz para la cena
María José Rivera Carballo
—El arroz quedó pegajoso.
«¿Y qué quieres que haga?»
El pensamiento fue automático, tan inmediato que tuvo que apretar los labios para tragarse sus palabras. Un conocido dolor le atravesó el estómago.
—Lo siento, mamá —dijo ella, en cambio.
—Ya te dije que tienes que lavarlo hasta que el agua esté transparente.
—Sí, lo hice, el agua estaba…
—Si ni el arroz te sale, ¿cómo te encargo mi cena de cumpleaños?
—Yo sé, lo…
—... Tienes que ser más práctica, la memoria del cuerpo…
—Lo sé.
—Por último, pon atención cuando te indico las cosas, tú crees que por meterte a esa carrera ya lo sabes todo.
—No es eso…
—Se habrá visto, ¡ir a la universidad para saber cocinar!, vaya lujo. Son cosas que uno aprende en la práctica. Todo es cosa de escuchar cuando a uno le aconsejan, los mayores sabrán pues.
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—Sí, mamá, yo…
—¡Ay, tu arroz, hija! Sí pues, ahora se entiende, así ni yo te hubiera dejado a cargo de la cocina. Agradecé que doña Mari te ha tenido paciencia.
La sensación de ardor que tenía en el abdomen estaba acompañada de un intenso movimiento intestinal y la vergüenza de gases acumulados. El primer sabor agrio del enojo le nubló los ojos.
—¿Ya estás llorando? —su madre pareció pensar un momento en su respuesta. —Hijita, igual eso, no hay que ser tan sensible. En eso también se fijan hasta para contratarlo a uno.
Las lágrimas se sentían calientes y agrias. La boca, una jaula inllavada y olvidada.
Todo por un poco de arroz, siempre fue el arroz. Los comentarios sobre la sal, el exceso o la falta de, no importaban. Las observaciones a su comida "simple" o "demasiado exagerada" las pasaba. Incluso los pequeños reproches, "¿y no le vas a poner más?, que las cosas se compran para comer", "si me vas a invitar que sea poco, ya me estaré cocinando a mi gusto después", podían ser olvidados. Pero, si le hablaban del arroz, era algo que no podía soportar. Arroz. Fue lo primero y lo único que su madre le enseñó a cocinar. Su tarea cuando era niña era lavarlo, nunca le quedaba suficientemente limpio. Después, se pasaba al tostarlo, o añadía demasiada agua, quizás lo destapaba muy pronto. Nunca encontró el punto exacto.
"¿Acaso es cosa de ciencia?, es sólo arroz."
Pensó que en la carrera de gastronomía por fin obtendría el secreto, la técnica, por fin comprendería en qué se había estado equivocando por casi 11 años. Pero, siempre "pero": "un arroz agradable, pero…"; "logrado, pero…"; "complejo, pero..."
¿Era posible que nunca le quedara bien? Había intentado medir el agua, cronometrar sus tiempos, anotar el detalle de las diferencias en la textura de su cocción. Nada resultaba. Después de todo su madre tenía razón, debía tenerla porque ni siquiera podía confiar en su propio gusto. A ella nunca le gustó comerlo, quizá cuando era niña el arroz sabía a arroz, no lo recordaba. Desde que empezó a cocinarlo no le hallaba más sabor que un tenue gusto amargo y no podía comerlo sin que el estómago se le hinchara.
Faltaban apenas unos días para el cumpleaños de mamá. ¡Cómo había insistido en una cena! Quería de invitados a doña Mari, la dueña de la pensión a la que le rentaban la planta baja de la casa, sus dos hijos, Nadia con su "bebé" de ocho años y el otro, el divorciado despedido que había vuelto a vivir con su madre, al que doña Mari había puesto a administrar la pensión. Ese al que tenía que seguir llamando "don Oscarito".
«Fantástico.» ¡No!, detuvo el pensamiento, respiró y pasó un poco de saliva por la garganta.
La cena. Optó por un menú de carne de cerdo, ensalada fresca, papas y ocas al horno, choclo cocido, el picante para acompañar. Todo al gusto de mamá. Sólo se permitió un alivio: nada de arroz.
El miércoles, después de su turno con doña Mari, fue a comprar todo. A pie. El estómago se le había hinchado en los últimos días, el reflujo era continuo y vergonzoso. Volvió con cuatro bolsas repletas, dos en cada mano. Don Oscarito estaba cerrando la pensión y con una ridícula urgencia le arrebató dos bolsas de compras sacándola de equilibrio. Subió hasta su casa y cuando ella le agradeció pidiendo que dejara todo en la puerta se despidió pasándole su mano velluda por el rostro. Fue la primera noche que soñó que el arroz se echaba a perder. En una olla vieja, un puñado de arroz cocido se veía lechoso con un inconfundible olor a rancio.
El olor rancio que sintió en sus sueños empezó a impregnar su cuarto. El jueves y el viernes tuvo el olor metido en su nariz, mientras trabajaba y mientras preparaba todo para la cena de mamá. Evitó dormir lo más que pudo, por temor a que el olor incrementara cada vez que lo soñaba. El sueño la venció la madrugada del sábado.
Había dejado la ventana abierta para despejar su habitación. Despertó tarde, la luz y calor del sol se sentían pesados y agobiantes, estaría cerca al mediodía. Se preparó para escuchar el reproche. La inundó el olor de menudencias cocidas, la cebolla frita y el ardor del picante en los ojos. Saltó de la cama.
—¡Por fin! Buen día, hija. Ya me adelanté, no te preocupes…
Encima del mesón, los platones de panza, lenguas y tripas lavadas le sonreían. Cuatro ollas hervían furiosamente despidiendo vapor.
«Debe ser una broma.»
—Tú sabes que a mí me gusta que todo esté tempranito, así nadie se está complicando cuando llega la hora.
«Una maldita broma.»
—Igual es mi día, ¿no ve?, no te vas a enojar que he preparado a mi gusto.
El retortijón que la sacudió desde dentro rugió por encima del hervor de las ollas.
—Anda no más al baño y alístate. No te tardes tanto en bajar, necesito ayuda, no puedo hacer todo sola.
En silencio regresó a su cuarto por su ropa. Se duchó. Su rostro en calma. Se vistió automáticamente sin poder abrocharse el pantalón por su abultado estómago. Se peinó un poco antes de bajar. Muda.
—Apúrate, hija. Mirá, en nada ya tengo cociendo todo. Pero necesito que vayas a comprarme unas cositas al mercado, te voy a indicar y no te vas a tardar mucho.
«Por favor, no.»
—Porque cuando llegues seguro que ya está todo listo. Sólo voy a necesitar que me hagas el arroz.
Arroz, ¡arroz!, siempre el arroz.
Asoleada, cansada y traspirada, así regresó a casa con las "cositas" del mercado. Ya doña Mari y su prole estaban riendo y tomándose las primeras cervezas de la noche con la agasajada. Recibió apenas un saludo de doña Mari y su hija, el "bebé" desparramado en un sillón mirando videos en un celular con el volumen alto. Don Oscarito le dedicó una sonrisa y su madre la apuró a la cocina.
Estaba sola, mientras la música de la sala subía de volumen, las risas y la conversación se transformaban en aullidos y gritos inentendibles en medio del tintinear de las botellas. Dejó correr agua en una olla para lavar el arroz mientras empezaba a sentir náuseas.
—No puedo —dijo y rugieron sus intestinos —¡No quiero!
Otra vez, el rugido de sus intestinos, el movimiento fue tan grande que su abdomen se contrajo involuntariamente. Un eructo se formaba dolorosamente y algo se agitaba para salir de su interior. Algo vivo. El vómito llegó, se dobló sin poder evitarlo, una combinación de material viscoso y semillas alargadas chorreó por su boca y su nariz. Salían, por fin salían palabras añejadas, susurrantes y pastosas. Con el olor ácido de las viejas mentiras y los secretos rancios.
Las semillas que nadaban en la corriente asquerosa empezaron a moverse, unas delgadas y largas patas se desprendían de su cuerpo blanco con una cualidad transparente. Era un reguero de insectos sobre la olla, desbordándose sobre el mesón. La hinchazón de su abdomen había desaparecido. La puerta se abrió dejando entrar la música de la sala.
—¿Hija? —la puerta se cerró detrás de la madre —¿ya está listo…?
Calló. Por fin, calló.
El alivio que sintió cuando por fin la escuchó callar, ¡asombroso! Unos segundos que le supieron dulces. Un grito de pronto, chillón, desafinado y tan, ¡tan satisfactorio!
La alfombra de insectos pareció voltear hacia a la madre. Frotando sus patas, ¿o eran antenas?, se lanzaron contra ella. Pobre anciana, ni siquiera pudo voltearse para correr. Estaba cubierta por una montaña blanca. Los insectos la mordían, sus patas eran pinzas ácidas que corroían su piel, mientras los gritos se sucedían desesperados y moribundos. Terminaron con ella, completamente. Ver sus roídos huesecillos le despertó algo parecido a la compasión, nunca había visto a su madre tan vulnerable como ahora, tan callada, tan humana.
La música continuó afuera de la cocina, ni el tintinear de las botellas ni las risas se detuvieron.
Salió de la cocina con cuatros platos bien servidos y uno pequeño para el "bebé", sólo un poco de arroz con pedazos de lengua para él. Los otros estaban repletos, los tres guisos que dejó la madre con una porción generosa de arroz.
—Las cervezas la tumban cuando tiene el estómago vacío —les dijo para excusar a la cumpleañera. Pero podían empezar a comer en lo que se reponía. Ya le sacaría ella su plato caliente cuando volviera.
—Siempre dije que tu mami tiene un don para la cocina —dijo doña Mari con la boca llena, una masa roja y blanca se asomaba entre sus dientes— ¡Qué bueno sería que esas cosas se heredaran!
—Sí. Qué bueno sería.
—Sobre todo el arroz, siempre le queda sabroso, finito y entero. Lindo.
—Claro, es su especialidad.
—¿Y qué has cocinado vos, pues? —doña Mari nunca disimulaba—. No dirás que has dejado que tu mamá haga todo el día de su cumpleaños.
—¿Yo? Nada. —Dijo ella sonriendo. Levantó el primer bocado de su plato lleno con una cuchara—. Sólo hice el arroz.
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