Presentamos "El mal que me corroe", un relato de Maelie Romero Zambrana. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por el escritor Mauricio Murillo.
Cuento "El mal que me corroe" de Maelie Romero Zambrana
Presentamos "El mal que me corroe", un relato de Maelie Romero Zambrana. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por el escritor Mauricio Murillo.

El mal que me corroe
Maelie Romero Zambrana
Muyurina, Vallegrande, 25 de marzo de 1980
La presente carta se la escribo para hacerle saber del mal inminente que me corroe, y que lo corroerá a usted también si decide no creerme. Si no logro convencerlo de que desista de vivir y engendrar descendencia, le aguarda un largo camino de sufrimiento.
Le escribo, pues, como un hombre en su lecho de muerte, víctima de un mal que —hasta el momento de redactar estas líneas— no ha decidido aún si soy merecedor de este destino. Yo no lo conozco a usted, y tampoco resuelvo si su suerte será distinta; pero si fuera usted un hombre de bien y temeroso de Dios, me creería y haría lo que le aconsejo al final.
El mal que me consume no es una enfermedad, aunque se manifiesta como tal; tampoco es locura, aunque se siente como una. Es una maldición que ha pasado, de uno en uno, entre los míos. Yo sé que le costará creerlo, como a mí me costó cuando me lo hicieron saber.
Al principio pensé que era otro invento pueblerino más, una superstición de esas que la gente aburrida se ingenia en una localidad tan pequeña y olvidada como Muyurina. Pero cuando vi morir a mi abuelo, lo creí.
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Don Augusto, padre de mi padre, había sobrevivido a sus hermanas para el tiempo en que yo nací en la casona familiar. Nunca escondió la razón de la muerte de los suyos, y se ocupó de que todos supiéramos que estábamos malditos. Recuerdo que cuando mi madre daba a luz a alguno de mis hermanos, él entraba al cuarto y, aun con la partera aún maniobrando la placenta, anunciaba:
—Otro maldito.
Era un hombre severo, falto de emoción y de aprecio por los demás. Un condenado que bien merecido tuvo su final. A mis hermanos y a mí nos puso a trabajar la tierra desde los seis años y no nos dejaba ir a la escuelita. Los malos tratos eran cosa de todos los días y nunca conocimos un gesto de cariño suyo. Era un imbécil incluso para tratar a los animales; apaleaba a las vacas hasta que dejaban de dar leche del puro estrés. A una, pobre, la dejó coja por haberse extraviado camino al potrero.
Lo soportábamos porque no había plata ni medios para irnos a otra parte, y la familia de mi madre tampoco la quería recibir, convencidos de que estábamos malditos.
Así de miserable fue mi vida hasta los quince años. Mi madre, para entonces, estaba de nuevo encinta, y mi padre empezaba a ver negocio en el ganado. Un hombre de Mairana quería comprarle una vaca preñada y atender otros asuntos, por lo que nos llevó a mi hermana y a mí en el viaje.
Fue un trayecto corto, de ida y vuelta, pero al regresar encontramos a mi madre muerta. Mi abuelo achacó la muerte a un parto prematuro y a la expulsión fallida del niño, pero algo en mis dos hermanitos más chicos hizo sospechar a mi padre: tenían apenas seis y siete años, y no podían más que llorar y orinarse cada vez que alguien les preguntaba por ella.
Apenas echamos la última palada de tierra sobre la tumba de mi mamita, mi padre nos llevó con él a la ciudad. Y no volvimos a saber del viejo.
Pasaron cinco años hasta que unos vecinos, de apellido Rojas, nos avisaron que el anciano había enloquecido, y que se lo veía arreando vacas con una gangrena hedionda en las pantorrillas. Mi padre tardó un mes en decidirse a ir conmigo a visitarlo.
Cuando llegamos a la casona de Muyurina, lo encontramos en su cama, irreconocible, con el cuerpo cubierto de ampollas repletas de pus; las piernas cubiertas de una escarcha amarillenta, mezcla de orín, sangre podrida y excremento. Era apenas un amasijo de huesos, y estaba cubierto por un enjambre de moscas que bebían de la inmundicia que lo rodeaba. Lo enterramos entre arcadas y asco, le prendimos fuego a la cama y a nuestras ropas, y mi padre regaló las vacas desnutridas a los Rojas.
En el camino de regreso a la ciudad, mi padre me recordó lo que el viejo solía decir:
—A todos nos va a llevar ese mal. A todos mis tíos los vi padecer lo mismo.
Le pregunté por la causa de aquella "enfermedad", y me respondió sin apartar la vista del camino:
—No es una enfermedad. Es una maldición.
Me contó que el abuelo de su padre, de nombre Hermenegildo, un día bajó al potrero más lejano de la casona y se le apareció el mal. Se le metió en los ojos y se lo llevó consigo. Enloqueció. Decía que le rascaban el techo y que algo le pellizcaba por debajo de la piel. Nadie lo entendía. Murió en dos días, consumido por una podredumbre que avanzó desde dentro de sus huesos. Sus alaridos eran tan horrendos que su muerte fue un alivio para los demás.
Después de él siguieron sus seis hermanos. Todos decían lo mismo: que les rascaban el techo, que algo les pellizcaba bajo la piel. Y todos terminaron podridos en cama. Creyeron que el mal se había extinguido, pero sólo estaba esperando. Es astuta esta porquería. Espera y despierta cuando ya tiene descendientes.
El padre de mi abuelo, Bernabé, fue el primero de esa siguiente generación en padecer el mismo fin. Ya había concebido dos niñas y un varón. Todos ellos, con descendencia o sin ella, murieron de igual manera.
A mi pobre padre no le guardo rencor, pero bien hizo en desaparecer cuando el mal comenzó en él. Vivía entonces con mi hermana Cecilia en la ciudad, y una tarde se escapó envuelto en fiebre. Lo último que supimos fue que lo vieron por Muyurina, pero nunca hallamos su cadáver cerca de la casona.
Pensé que mi turno llegaría pronto, pero no fue así. Pasaron años, hasta que el mal volvió y se llevó al menor, Javier, que recién había dejado embarazada a una muchachita. Pensamos que se había fugado para no reconocer al hijo, pero algo me hizo volver a la casona, y allí lo encontré muerto.
A Cecilia le tardó en llegar, aunque fue la primera en tener un hijo. El mal fue especialmente cruel con ella. Tardó un mes entero en morir, desfigurada, mientras su esposo —necio e incrédulo— intentaba curarla. Yo mismo, cansado de verla sufrir, la llevé a la casona. Apenas la asenté en el descansillo de la entrada, sus ampollas estallaron, y al fin descansó.
Tres años después le tocó a Leonardo, que no tenía descendencia que yo conociera, pero el mal lo encontró igual. Enloqueció y fue a morir a la casona.
Ahora bien, no le conté al principio quién soy para que no se acobardara al leerme.
Yo, al ser su padre, tengo el deber de advertirle lo que el futuro le depara. No intente huir: no se puede escapar de algo que ya está dentro de los huesos. No llega desde fuera, hijo mío, nace con nosotros, duerme, y un día despierta. Contamina. Pudre.
Hubiera querido tener misericordia de usted, y llevarlo antes de que empiece a sufrir lo que yo sufro. Pero el mal ya ha comenzado a pudrir mis piernas hace dos días, y cada noche lo oigo rascar el techo, aquí, afuera de mi cuarto en Muyurina.
Le ruego, con todo el ahínco que un moribundo puede tener: mátese.
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