"El Tata que baja bailando de la mina" de Nayra Gutierrez

07.02.2026

Presentamos "El Tata que baja bailando de la mina", un ensayo de Maelie Romero Zambrana. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Representaciones del Carnaval en la Literatura Boliviana", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por la Mgtr. Lourdes Reynaga.

"El Tata que baja bailando de la mina" de Nayra Gutierrez
"El Tata que baja bailando de la mina" de Nayra Gutierrez

El Tata que baja bailando de la mina

Por : Nayra Gutierrez

En las entrañas de los cerros de Potosí donde la tierra guarda tanto riqueza como dolor se desarrolla cada año un ritual que trasciende lo festivo para convertirse en una afirmación profunda de la existencia. El Carnaval Minero y la salida del Tata Q'aqcha no constituyen sólo una celebración popular sino un acto simbólico de resistencia memoria y negociación con las fuerzas que gobiernan el subsuelo. En este baile colectivo se entrelazan la gratitud por la vida, el miedo constante a la muerte, el recuerdo de los ausentes y la esperanza de continuar. A diferencia del culto al Tío marcado por el temor y el intercambio material la veneración al Tata representa una acción de gracias por la supervivencia misma una fiesta donde los cuerpos que emergen de la mina celebran a través del movimiento haber arrancado un año más a la oscuridad.

El Tío señor de los socavones y de los minerales encarna el poder ambivalente del subsuelo es una deidad temida moldeada en figuras de arcilla o yeso a la que se le ofrecen coca alcohol y sacrificios para aplacar su carácter impredecible,con él se establece un pacto peligroso se le da para recibir sabiendo que su favor nunca está garantizado.

Frente a esta figura se alza el Tata Q'aqcha protector y mediador. A él no se le pide fortuna ni vetas abundantes sino vida. Su culto no se basa en el intercambio interesado sino en el agradecimiento colectivo. Mientras el Tío habita la intimidad oscura del socavón y exige ofrendas individuales el Tata emerge a la luz del día acompañado por la comunidad la música y el baile. Esta diferencia no es menor, el Tío gobierna el ámbito de la necesidad y el peligro y el Tata el de la solidaridad y la supervivencia compartida. Esta dualidad ritual permite a los mineros organizar simbólicamente una realidad marcada por el trauma constante separando aquello que debe ser temido de aquello que puede ser celebrado.

El Carnaval Minero marca un umbral. Desde la madrugada los trabajadores ingresan a la mina para despertar al Tata y sacarlo en hombros entre dinamitazos que purifican el camino y espantan a los malos espíritus. Este acto de extraer al protector del interior simboliza la propia salida de los mineros y su retorno temporal del inframundo laboral. El recorrido hasta el pueblo acompañado por pinquillos tarkas y bombos se convierte en una procesión donde la vida se impone al menos por un instante sobre la muerte.

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Sin embargo la alegría nunca es completa. El baile tiene un trasfondo agridulce pues la supervivencia es siempre provisional. Los relatos de los ancianos que afirman que en la danza participan no solo quienes lograron salir sino también quienes quedaron dentro de la mina revelan el sentido más profundo del ritual. Los muertos no están ausentes son incorporados simbólicamente al movimiento colectivo. Cada paso, cada giro es también por ellos. El carnaval se transforma así en un acto de memoria corporizada una forma de duelo activo que impide que los caídos queden relegados al anonimato del socavón. En la danza conviven pasado presente y futuro se baila por los vivos, por los muertos y por quienes aún descienden diariamente al interior del cerro.

El cuerpo del minero durante el año es un cuerpo sacrificado. Encajado en túneles estrechos expuestos al polvo, al ruido y al riesgo permanente se convierte en una herramienta más de la producción. La mina intenta apropiarse de él, desgastarlo y reducirlo a su valor productivo. El carnaval invierte radicalmente esta lógica, al bailar el minero recupera su cuerpo lo afirma como propio y lo llena de vitalidad frente a un entorno que constantemente amenaza con anularlo.

Bailar por respeto a la tierra de Bolivia y a Potosí implica reconocer una historia larga y dolorosa, los mineros actuales son herederos de esa historia marcada por la mita y por la extracción incesante que continúa alimentando economías lejanas. La salida del Tata puede leerse también como un intento de restablecer el equilibrio, un gesto de respeto y quizá de perdón hacia una tierra exhausta.

Finalmente el carnaval refuerza los lazos comunitarios que la mina amenaza constantemente con quebrar, la espera del pueblo al pie del cerro, la recepción festiva y la participación colectiva reafirman un sentido de pertenencia esencial para enfrentar una vida donde la muerte es una presencia cotidiana. No se redistribuye riqueza material sino algo igualmente vital: apoyo identidad y memoria compartida. En ese baile que desciende del cerro la comunidad minera celebra no solo haber sobrevivido sino seguir existiendo juntos aferrados a una resiliencia forjada entre la oscuridad de la mina y la luz fugaz de la fiesta.


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