"La fiesta donde la alegría baila con sus sombras" de Fernanda Miranda Brañez

16.02.2026

Presentamos "La fiesta donde la alegría baila con sus sombras", un ensayo de Fernanda Miranda Brañez. Este cuento nació en el taller de escritura creativa "Representaciones del Carnaval en la Literatura Boliviana", organizado por nuestro Club de Lectura La Paz y guiado por la Mgtr. Lourdes Reynaga.

"La fiesta donde la alegría baila con sus sombras" de Fernanda Miranda Brañez
"La fiesta donde la alegría baila con sus sombras" de Fernanda Miranda Brañez

La fiesta donde la alegría baila con sus sombras

Bolivia no celebra el carnaval, Bolivia lo desata.

Fernanda Rocío Miranda Brañez

Durante algunos días del año, el tiempo deja de caminar en línea recta, la realidad se desordena voluntariamente y empieza a girar, como los bailarines que giran hasta el cansancio, las calles se convierten en venas abiertas por donde circula música, botellas que pasan de mano en mano, risas que se repiten hasta convertirse en eco y una alegría que parece infinita, pero que pronto azota con realidad. El carnaval boliviano no es una simple fiesta; es un espejo que no perdona, que refleja tanto la belleza como las grietas de un país que baila mientras sangra, que canta mientras olvida, que celebra mientras se reconstruye.

El carnaval es el instante en que la identidad colectiva se desviste, y desnudas pasean de la mano: la devoción con el exceso, la tradición con el caos, la comunidad con la soledad.

En esta tierra no se festeja ni se vive un solo carnaval, se viven muchos al mismo tiempo, cada uno con su propio pulso, su propio lenguaje, su propia manera de abrazar la vida mientras coquetea con el exceso a sus espaldas, son días donde la magia convive con la crudeza, donde la tradición protege, pero también expone, donde cada persona decide qué versión de sí misma quiere liberar.

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El Carnaval paceño comienza antes de que el calendario lo anuncie, se asoma con la espera, con planes bien organizados "Tienes que estar" -se dicen, se incitan, con compras que se justifican con la palabra fiesta.

Un beso encandilado, dos, tres o cuatro, se quedan en fila esperando las predilectas del año y, cuál bella durmiente, el Pepino despierta y la fiesta comienza.

El Pepino no es solo un personaje, es la licencia colectiva para perder la compostura, para aceptar que el orden cotidiano puede fracturarse sin culpa. Las calles paceñas se llenan de espuma que cae como nieve de verano, de colores que manchan rostros y borran jerarquías, porque durante el carnaval, todos pueden ser alguien más o, quizás, ser quienes realmente son.

Ver estudiantes convertidos en reyes improvisados y a adultos en niños momentáneos, nos recuerda que el Carnaval también es inocencia, esperanza y herencia cultural. Pero cuando cae la noche, la ciudad muestra su rostro más brutal. El alcohol deja de ser celebración y se convierte en anestesia, con botellas vacías acumuladas cual testigos mudos de promesas rotas, billeteras vacías que pesan más que el cansancio del cuerpo. El carnaval paceño es una alegría que no pregunta cuánto cuesta o qué hora es, es una carcajada que, a veces, termina en silencio.

En La Paz
el carnaval no camina: resbala.

Un desconocido te besa porque sí,
otro te llena de espuma la cara
y alguien jura ser tu compadre
desde hace cinco minutos.

La ciudad se empina más de lo normal,
los cerros miran sin intervenir

a esta altura el alcohol pega más rápido,
los besos se marean
y la risa necesita oxígeno

Un hombre baila de chola,
la pollera gira por la avenida.
El Pepino no manda:
desde la cima administra el desorden.

Aquí nadie cae por accidente.
Caemos por tradición.

Si La Paz despierta el carnaval, Oruro lo consagra, no solo se baila: se reza, se promete, se paga, se agradece. Es un escenario donde la fe y el espectáculo se entrelazan hasta volverse indistinguibles.

El Carnaval de Oruro es una coreografía donde la historia, la religión y el folklore se funden en un espectáculo que trasciende la celebración. Ahí, los danzarines no solo bailan: peregrinan, cada paso sobre el asfalto es una oración disfrazada de movimiento.

Oruro celebra el ritual donde los devotos avanzan con trajes que pesan tanto como las promesas que cargan. Cada paso es una conversación entre el bien y el mal, entre la tradición ancestral y la religiosidad colonial, entre el pecado humano y la esperanza divina.

Las máscaras de diablos, con ojos saltones y colmillos afilados, no buscan asustar, buscan recordar que el mal también necesita rendirse ante algo superior, la fe desmesurada y apabullante invade el cuerpo de todo aquel que danza, y de rodillas convencidos, hasta los pies de la Virgen llegan arrepentidos o anhelantes de consuelo (1). La Diablada representa la eterna lucha entre el caos y la redención, entre el cielo y la tierra. (2)

Los danzantes avanzan con los pies heridos, con los pulmones llenos de cobre y azufre, con el corazón latiendo al ritmo de los platillos, tambores y trompetas. A cada paso se acercan a la iglesia, templo de perdón, templo de juramento: (1)

"Venimos desde el Infierno
a pedir tu protección
Todos tus hijos los diablos,
Mamita del Socavón."

La devoción en Oruro es tangible, se deja ver en las rodillas gastadas, en las lágrimas que se confunden con sudor, en las promesas que algunos cargan durante años antes de cumplirlas bailando.

Pero algo más ocurre en las graderías y entre las procesiones sagradas, el alcohol corre como un río que acompaña la procesión, circulando con la misma intensidad que la fe, una fe que convive con el exceso sin pedir explicaciones, ahí se llora de cansancio, pero también de emoción. Es una convivencia incómoda, brutalmente honesta, profundamente humana, porque quizás el carnaval de Oruro recuerda que incluso los creyentes necesitan olvidar por un instante el peso de sus propios deseos.

Peco de soberbia
cuando me pongo la máscara,
porque nadie me reconoce
y eso me gusta demasiado.

Peco de gula
cuando el cuerpo pide agua
y yo le doy alcohol.

Peco de lujuria
cuando el traje sofoca,
y el sudor ajeno
se vuelve mío.

Virgen del Socavón,
te busco con devoción,

pero no me mires ahora:
Estoy ocupado
bailando mis pecados
para que mañana
no me pesen tanto.

Estoy ocupado
bailando mis anhelos
para que mañana,
si olvidas esta noche,
concedas mis deseos.
Si Oruro es fuego y La Paz es espuma, Tarija es vino.

El carnaval tarijeño parece más suave, más cálido, más íntimo. Entre viñedos que se extienden como mantos verdes, la música no invade: abraza. Las cuecas flotan en el aire con ligereza y las coplas se improvisan como confesiones cantadas.

En Tarija, el carnaval tiene sabor a mosto fresco, a tierra húmeda, a sol que cae lento sobre las montañas, la gente canta con una sonrisa sincera coplas que describen su tierra:

En Tarija se vive el carnaval
con la alegría de un niño,
y con el sabor de la uva
que es la reina del vino.

Pero incluso en esa aparente calma, el carnaval también tiene su reverso. El vino que une conversaciones puede romperlas. Las madrugadas se llenan de canciones que, al amanecer, se convierten en silencios incómodos. El dinero se gasta con la ligereza con la que se lanzan serpentinas al viento. Tarija enseña que la alegría también puede ser melancólica.

Aro aro viñedito,
no me mires con rencor,
si me olvido de tus besos
fue culpa del vino, no yo.

El carnaval mueve más que emociones, mueve economías enteras: artesanos que trabajan meses para un traje que brillará unas horas, comerciantes que esperan el carnaval como quien espera lluvia en tiempos de sequía, familias que pagan con sus ahorros para sostener tradiciones que consideran sagradas, pero también es un espacio donde el gasto se vuelve desmesurado, donde la presión social obliga a celebrar. El carnaval puede ser sustento o carga, bendición o castigo anunciado, Bolivia se permite ser contradictoria sin pedir disculpas, se permite llorar riendo, creer dudando y amar odiando

El Carnaval aquí es todo, en cada rincón se infiltra:

La alegría que abraza y el exceso que hiere.
La tradición que protege y el caos que libera.
La fe que redime y la debilidad que condena.
La economía que florece y el gasto que empobrece.

Cada espuma lanzada es una declaración de guerra contra la rutina, cada danza es una memoria viva que se niega a desaparecer, cada botella vacía es un recordatorio de que la felicidad también puede ser peligrosa.

Al final, cuando la música se apaga y las calles recuperan su ritmo cotidiano, queda una pregunta flotando en el aire, persistente como el olor a pólvora y cerveza que tarda días en desaparecer:

¿Celebramos el carnaval para recordar quiénes somos…

o para olvidar quiénes tememos ser?

El carnaval termina, pero su eco permanece: en los pies adoloridos, en las fotos borrosas, en las historias que se exageran con el tiempo, en las promesas de madrugada y aun así, cada febrero, Bolivia vuelve a desatar la fiesta.

Porque hay alegrías que solo pueden entenderse cuando bailan junto a sus sombras.

Referencias bibliográficas:

  1. Gareca, S. (2020, 4 de julio). El día que no hubo carnaval [Narrativa]. Disponible en: https://oxxxi.wordpress.com/2020/07/04/narrativa-el-dia-que-no-hubo-carnaval/
  2. Gareca, S. (s. f.). Diabla I; Diablada II; Duelo por el Carnaval. En Transparencia de la sangre.


Sobre la autora:

Fernanda R. Miranda Brañez, nacida el 29 de enero de 2004, tiene 22 años y cursa el quinto año de Medicina en la Universidad Mayor de San Andrés. Es miembro del Club Estudiantil de Neurocirugía Walter E. Dandy Bolivia y de Mission Brain: UMSA, donde integra el equipo de investigación. Publicó otros ensayos como: La monstruosidad se gesta en lo invisible, Bolivia Kintsugi y Entre luces y pólvora: una Navidad que resiste. Siente una gran pasión por la lectura, la música, el arte y la física cuántica, encontrando en S Hawking, T Bennett y L Carrington una fuente de inspiración.


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