¿Por qué deberíamos leer a Bolaño?

¿Por qué deberíamos leer a Bolaño?

Andrés Vera Brathwaite

La primera vez que leí a Roberto Bolaño, estaba en penumbras y casi de rodillas -cosa que casualmente creo yo, deberían de hacer todos los escritores de nuestra generación, lo de leer de rodillas digo, no precisamente a Bolaño-, vivía en una casa en una ribera del Aconcagua, y compartía las noches con una colonia de ratas que robaban la poca comida que mi paupérrima situación me permitía acumular. En pocas palabras: estaba jodido. Y comprar un libro de Bolaño, que para colmo me había costado la escandalosa cifra de 18.000 pesos (algo así como 180 bolivianos), solo había agravado mi precaria situación. Pero todo tuvo un desenlace feliz. El libro me había parecido buenísimo, abandoné aquella casa (aunque las pesadillas con ratas duraron un poco más), y volví a Bolivia con la firme convicción de esparcir la palabra de nuestro señor Bolaño. Cosa, ésta última, que abandoné apenas me vi inmerso en la vorágine académica que significaba la universidad.

Pues bien. Para empezar, Roberto Bolaño no es mexicano, ni es, aunque a veces él se considerase uno, un comediante. Es chileno, escritor, nacido en 1953, como Enrique Vila-Matas, a quién, oh casualidad, conocería en Barcelona. Dije que no era comediante, pero su vida, en cierta forma, aparentaba ser una comedia. Nació en 1953, ya les dije, pero no mencioné que en Santiago de Chile, y que a los 15 pasa a residir en México, donde empieza a dar sus primeros pasos en dirección hacia su peculiar percepción de la literatura, empezando (no podía ser de otra manera) por dejar la escuela. En 1973 le llegan las primeras noticias de Allende y de la Unidad Popular, y considera necesario ser parte de dicho movimiento. Después de atravesar un par de países en formas por demás improvisadas, llega a Chile, pocos días antes del golpe del 11 de septiembre. Encima es detenido, y depositado en un campo de prisioneros hasta que con la ayuda de un antiguo compañero de liceo (que para entonces era ya policía) es liberado, y herido en lo más profundo de su alma, vuelve a México en 1974. En 1975 conoce al poeta Mario Santiago Papasquiaro, tan loco como él, y juntos fundan el movimiento infrarrealista, es decir, un par de jóvenes que no tenían ni idea de que formaban parte de un movimiento hasta que formar parte de un movimiento significaba fumar marihuana, leer a Burroughs, oír a Pink Floyd, y tener sexo como tantos otros jóvenes mexicanos. Desembarca en España en 1977, y a diferencia de muchos otros escritores latinoamericanos, llega a trabajar, a trabajar como latinoamericano promedio, es decir, lava platos, hace de botones, de camarero, de hombre de la basura, descargador de barcos, vendimiador. Pero nunca deja de escribir. Pasa a Gerona, donde encuentra el amor, también encuentra a Enrique Lihn, a Antonio di Benedetto. Para 1980, tiene ya un borrador de Amberes, su novela más ambiciosa e ininteligible, escrita entre la febrilidad y el hambre y las ganas de morir. En 1984 publica su primera Novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que es eclipsada por estar escrita a dúo con su amigo A.G. Porta, no porque éste sea malo, sino porque no es una novela enteramente bolañesca. El mismo año se edita La senda de los elefantes, que después sería recordada como Monsieur Pain. Y que tampoco es bolañesca total, sino más bien old school, es decir, un poco de prosa bien trabajada y pulida, rechinante de limpia, un par de historias surrealistas, al buen estilo del boom (se habla, por ejemplo, de Cesar Vallejo, y de su muerte en París, y algo sobre hipo), salvo, claro está, un par de episodios que Bolaño no puede evitar condimentar aunque de manera escasa, pero no es su culpa, esa clase de literatura es la que vende y alguien tiene que llevar el pan a casa. En 1985 se traslada a Blanes, sitio que evoca de la lectura de Marsé y Últimas tardes con Teresa, y que definiría su amor por la costa brava. En 1990 llega el primogénito, que como buen chileno bautiza como Lautaro, y decide volcarse por entero a la prosa (sí, olvidé mencionar que Bolaño siempre se consideró poeta antes que prosista, pero vaya que la prosa es más rentable). 1992 es el año en que descubre que toda esa precaria construcción que llama vida, se le va cayendo a pedazos, está viviendo tiempo prestado. En 1993 llega La pista de Hielo, una pequeña novela policial que por fin muestra a un Bolaño primitivo, pero Bolaño al fin. Encontramos la polifonía, el juego detectivesco y el absurdo que colmarán en años posteriores el imaginario de Bolaño. También sale a la luz Los Perros Románticos, homenaje a sus años de juventud, a los amores perdidos y a la vida que se le va escapando de a poco. Mientras tanto las cartas de rechazo por parte de las editoriales se van apilando una sobre la otra hasta que una mañana revisa la correspondencia y encuentra una carta de Seix Barral, y así ve la luz La literatura nazi en América, novela que valiéndose de diferentes autores ficticios intenta demostrar las miserias de la profesión del escritor, y el horror omnipresente en un mundo roto. También ese año publica Estrella Distante, quizá el mejor de sus libros, en el que amplía el último capítulo de La literatura nazi en América que narra las aventuras del poeta vanguardista y piloto de la FACH, Carlos Wieder, y que es quizá una de las pocas novelas capaz de narrar el horror de las dictaduras latinoamericanas y su complicidad con el arte, además de una metáfora y casi pregunta sobre los límites de lo artístico ante el horror. Al año siguiente aparece Llamadas Telefónicas, su primer libro de cuentos y consolidación de su escritura, que contiene fragmentos y guiños a la obra anterior de Bolaño, y también al proyecto que verá la luz en 1998, año de publicación de Los Detectives Salvajes, quizá su novela más conocida y que al obtener el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, consolidan al autor y lo sacan, definitivamente, de los aprietos económicos. En la novela presenciamos las andanzas de Arturo Belano, Ulises Lima, y Juan García Madero, poetas del movimiento realvisceralista y que salen en busca de la poetisa Cesárea Tinajero, en una búsqueda que los verá en distintos países y continentes.

Ya en 1999 y previo al nuevo milenio, presenta al mundo Amuleto, una novela que, repitiendo ya una vieja idea, recicla desde un capítulo de los Detectives Salvajes, que habla de la poeta uruguaya: Auxilio Lacouture, atrapada en uno de los baños de la ciudad universitaria de la UNAM durante la matanza de 1968.

En el 2000, y después de una áspera visita a su tierra natal, publica Nocturno de Chile, otra obra magistral que es la perfecta metáfora de un país podrido pero cubierto de una cáscara impecable. Ahonda en las principales fallas estructurales de su país valiéndose de un cura católico, Ibacache, como principal protagonista, quien narra en su lecho de muerte la historia de su vida en la que por si fuera poco, se cruzan la Literatura, la Iglesia, y la Dictadura.

En 2001 publica Putas Asesinas, segunda recopilación de cuentos y primera introducción a un tipo de literatura mixta, en la que cabían cuento, relato y ensayo, sutilmente disfrazado este último.

2003 es el año que Bolaño nos abandona. Una insuficiencia hepática mientras esperaba un transplante de hígado. Pero en manos de su editor está ya el manuscrito de El Gaucho Insufrible, último libro de cuentos, y junto con el su novela más titánica e incompleta: 2666. Más de mil páginas en las que un grupo de críticos intentará hallar al escritor Benno Von Archimboldi en una cruzada que los llevará a Santa Teresa, un pueblo de la frontera mexicana y en la que sus vidas se enlazarán con las de un profesor chileno y su hija, un periodista norteamericano, y una serie de inexplicables asesinatos de mujeres y que se suceden en un mundo oscuro.

Después salen a la luz más manuscritos, inacabados, archivados, pero, ya no tiene sentido hablar de ellos.

Entonces, tras una breve exposición de la vida de Bolaño, es hora ya de entrar en materia.

Para mi generación hablar de Bolaño es todavía adentrarse en un campo minado -ya menos cada vez, es cierto, pero falta-. Un campo de minas de proporciones borgeanas en el que yacen un par de cadáveres de críticos y de autores, desafortunados seres que intentaron cruzar hacia esa otra orilla invisible, cubierta por la bruma, y que en el camino se toparon con un artefacto que los lanzó por el aire, en pedacitos irreconocibles y que confiaron en que el ligero peso de sus cuerpos los salvaría de una ulterior explosión.

Algunos pisaron la mina de la contemporaneidad, imposibilitados de ver el real desplazamiento de Bolaño a causa de la velocidad que ellos mismos llevaban. Otros pisaron (como en mi humilde caso) la mina del anacronismo; la desgracia de haber encontrado la luz cuando la bombilla estaba ya apagada y no aceptaba pregunta alguna. Y desde luego aquellos que se adentraron en el campo minado pensando que se trataba de un simple paisaje agreste, sin peligro, sin dificultad alguna.

Para entender a Bolaño hay que tener sentido común. Hay que admitir que se está ante la presencia de algo mucho más grande de lo que su obra podría abarcar, pero eso no debería intimidarnos, no. Al contrario, debería llenarnos de ímpetu e intentar con o sin éxito -la verdad es que no me corresponde a mí decirlo- construir una imagen lo suficientemente nítida de Bolaño.

Y ya en materia. A Bolaño no se va con rodeos. Hay que asignar en principio a Bolaño en un pedestal muy alto, sin que nos aterre el vértigo. Bolaño es un escritor meditabundo y moribundo, pero no retórico. Relacionado con México y con el Chile de Pinochet que parece detenido en el tiempo.

Lo de Bolaño es un proyecto a posteriori. No escribe como Kafka o De Nerval, con la esperanza de ser leído (aquí sueno un poquito pedante) o reconocido en algún otro tiempo mal llamado mejor. No. Bolaño es ambiguo, puesto que sabe que su obra no sobrevivirá a un par de generaciones, pero al mismo tiempo escribe codificando un mensaje -y aquí uno debe detenerse a preguntarse: ¿grandeza?, ¿pragmatismo?, ¿vanidad?- que sabe que tiene por destino a un lector, un lector total, un lector capaz de obviar el espejismo de simpleza que aparece en la obra de Bolaño, un lector que comprenda que está ante algo más, cosa que conlleva la espeluznante pregunta sobre qué es ese más.

Ahora, con Bolaño, ya lo dije, hay que tener cuidado. Bolaño es tal vez el Everest, pero sin duda que no es el Himalaya. Su obra quizá siga pesando en demasía para quienes venimos detrás de él, pero no es la totalidad. No es, como pensaría Hegel, el final de la historia; de la literatura tomando conciencia de sí misma.

Bolaño es parricida, pero no delincuente. Bolaño asesina a sus padres, asesina al Boom con la esperanza de guardar sus retratos y nutrirse de sus cadáveres y resurgir como un camino independiente en la ladera o la cordillera de los grandes nombres que lo rodean y con los que ha crecido. Pero, y a diferencia de los demás autores de su generación (salvo contados casos, como Marías, o Vila-Matas, y también salvando distancias) construye su iglú de ametralladoras desde donde dispara como si estuviese cazando ratas en contra de todo lo que ÉL considera que no es literatura. Aprovecha el puesto vacante y hace de Sheriff en el pueblo sodómico plagado de cenáculos literarios.

Tercer y último aviso. Con Bolaño hay que tener cuidado. Lo suyo, no es simple autobiografía, aunque en una primera lectura pueda parecer así. Es un desdoblamiento. Es el uso de la vida, la experiencia en beneficio de la metáfora de la escritura. No es pues casual el cambio casi imperceptible que realiza Bolaño en eventos específicos de su vida, cosa que a un no iniciado le parecería únicamente el esfuerzo por parte del autor para construir un hilo narrativo decente, pero que en Bolaño es el pequeño ajuste de tuercas para construir algo mucho más grande que un simple proyecto narrativo sin recurrir a la complejidad academicista.

Asímismo no está demás reflexionar sobre Bolaño y Kerouack. Mucha gente los ve como símiles, cuando en realidad son casi antagónicos. Bolaño detesta a Kerouack, porque en algún momento quiso ser como él, porque en algún momento fue su horizonte, fue su juventud, juventud que más tarde Bolaño daría en cierta forma como perdida, desperdiciada como militante de una idea, que como tantas otras, no era ni mucho menos una verdad; una experiencia que sólo podía funcionar para con Kerouack y nadie más.

Finalmente, hay que jugar a develar o revelar la identidad del Bolaño detrás de la máscara, el escritor que parece jugar a traspasar las barreras de lo que significa ser escritor, o peor, que lo hace sin notarlo, y la pregunta que ilumina el cuadro parece ser: ¿hay algo más allá? ¿Ese algo es el horizonte de la narrativa latinoamericana? ¿Es latinoamérica aglomerada y descrita en el alcance de una obra? ¿Es el intento de demostrar la inexistencia de latinoamérica en base a la porosidad de sus límites?

Ahora tenemos que ponernos más osados. No basta con escarbar el horror, la violencia, el Chile oscuro que consume a los 3 libros que se unen en primera instancia como parte de un pseudo proyecto chileno. La literatura nazi en América, Estrella distante y Nocturno de Chile. Hace falta entenderlos como un esfuerzo en el que un discurso político implícito en el entendimiento de la violencia y el arte como unión, quedan atrapados dentro de la misma profesión, como en la Literatura Nazi, en la misma habitación, en el caso de Estrella Distante, y en la misma casa, en el caso de Nocturno de Chile.

Después están Bolaño y México, que para el escritor chileno no es sino el contrapeso a lo que significó Chile, que si bien alejado del romanticismo clásico mexicano, es ciertamente, un lugar donde la juventud y la poesía pueden convivir; aunque no me atrevo a decir que en paz.

Todo comienza con la juventud. Y juventud es una palabra codificada en otra trilogía. Se trata de Los detectives Salvajes, Amuleto y 2666. Búsqueda también es otra palabra omnipresente en los tres libros. La búsqueda que emprenden Belano y Lima en Los Detectives detrás de Cesárea Tinajero, o la búsqueda de Archimboldi en 2666, o la búsqueda, más introspectiva, de Lacouture en Amuleto, que al final no conducen a nada, o que conducen a un significado ambiguo o que cuesta inferir, incluso inferior al que se tenía por principio; ¿quizá la muerte? ¿La violencia? ¿La vida entendida como poesía?

Finalmente, la despedida. Es hora de llegar a algún sitio, el periscopio está instalado y se registran los bocetos, se empieza la dura tarea de cartografiar lo observado.

Bolaño escribe sin saber que se escribe a sí mismo y que cuanto escribe es un discurso en honor a su generación, el pasado, una cápsula de tiempo que con algo de suerte llegará al futuro. Bolaño y sus argumentos, Bolaño y sus personajes como el río alegórico y subterráneo entre su muerte prefigurada y su ideario maduro; la juventud marchita y homenajeada en el pasado, en la búsqueda del sentido a través de la poesía. Bolaño y su entendimiento de la realidad, una realidad desfigurada por el pasado perdido en la búsqueda, en la ignorancia, en la aceptación del horror como simple burocracia previa a la muerte. El viaje, el horror, la violencia, la política, la protesta, todo, como diría Baudelaire, y tanto enarbolaba Bolaño: "Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento".

Canon: Debemos leer a Bolaño. 

Autor del post: Andrés Vera Brathwaite (1998), 

Es escritor, autor del cuento El Cóndor, ganador del Concurso Historias de Nuestra Tierra, Chile. También es autor del relato Sobre amigos y sexo, ganador del concurso Ayesha Sexteen, Argentina. También formó parte de la antología Colombo Boliviana Zona Tórrida, de Fallidos Editores. El Enigma de 1, es su primera novela y fue lanzada el año pasado." 


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