Cuento "Reflejos Subjetivos" de Marisol Ticona

Te presentamos uno de los tres mejores cuentos escritos en el taller online de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", facilitado por el escritor Mauricio Murillo y organizado por nuestro Club de Lectura La Paz.

Cuento Reflejos Subjetivos de Mariso Ticona
Cuento Reflejos Subjetivos de Mariso Ticona

Reflejos Subjetivos

Marisol Ticona

No hallo fuera de mí en que me afirme

nada de humano y me resulto hueco;

si esta cárcel por otra al fin no trueco

en mi vacío acabaré de hundirme.

En horas de insomnio, Miguel Unamuno

I

Quebramos el silencio de la casa, entre botellas y risas. Mi amiga Sam -no sé si lo siga siendo- a punto del coma etílico, se arremolinaba sobre el viejo colchón del cuarto de jardinería, fue una despedida anticipada, mi última imagen citadina. Era la edad de guerras hormonales y terquedad, de cometer estupideces. El cuarto con una penumbra a medias, las luces de la casa se colaban por la pequeña ventana. Impreciso decir cuándo se acabaron las risas, cuándo la desventura se unió a la fiesta. Fueron las malditas culebras de jardín, la ciudad está plagada de ellas. Muchos las aman, yo siento repulsión. Sentí que me rozó la piel y fue maquinal, tomé el zapapico de la pared. Un golpe con la hoja de la azada y la corté. Sentí que me salpicó algo húmedo. A continuación, pasé a un estado raro, de silencios a gritos, nubladas luces y voces que tal vez no vuelva a oír.

II

Kilómetros de carretera me separan del bullicio de la ciudad. Esta casa huele a tristeza y moho. Nada. Extraño la ciudad, el bullicio del colegio. Ha sido un cambio radical. Mi madre vive ahora con mi novio -nunca terminé con él, no es un ex, pero parece que ha olvidado qué sentía por mí-, por eso cada mañana discutimos, mi padre no merecía su traición, pero ella hace oídos sordos. Es una puta, no es digna de llamarse madre. Mi padre está lejos, en la ciudad que levanta nostalgias, dónde cada día volver se traduce en un luego infinito. La apacibilidad del lugar me da asco, reír es un pecado, incluso levantar la voz. Inmensos e incontables sembradíos me aprisionan, escasas se ven luces lejanas en las noches. Cero tecnologías, no llamadas, apenas me dejan escribir cartas a mi amiga. Es un infierno para una adolescente.

Ayer me atreví a salir. Detrás de la casa pasa un riachuelo, cruzando está un cementerio, apenas y se ven cinco tumbas en pie, todo en este lugar está en el olvido. El sol de mediodía en un cielo sin nubes se reflejó sobre el agua, me encegueció. Y me pareció oírla. Reptaba cerca de mí, me horroricé. Recordé mi última noche en casa de papá. Volví tras mis pasos. ¿Por qué retornar? ¿Por la esperanza de recuperar un amor perdido? Me recriminé. Asustada y distraída terminé en la entrada de la casa y ahí estaba ella, una segunda razón para volver, ahí estaba Ana.

Ella, Ana, es mi reflejo perseguido por la fatalidad. El día que nací mi llanto se acunó entre sonrisas y felicidad. Ana debió seguirme, pero se obstruyó en el canal, para sacarla del vientre de mi madre tuvieron que cortarla. Un mar de sangre, dolor y frustración fue su llegada. Y mientras yo crecí en el bullicio de la ciudad, ella habitaba en el silencio de esta casa. La amó sin conocerla a profundidad, aunque su mutismo me incomode. Permanece inmóvil oyendo las tonterías que le cuento. Ahora es la única que queda a mi lado, somos amigas, cómplices y más.

De noche mi aliento danza espectral y se pierde antes de llegar al tumbado. Hay madrugadas que camino por los pasillos hasta que los pies se me amoraten. Hay mañanas que gritó irritada, ante un peinador sin espejos, en una casa sin ellos. Mi madre los ha quitado, teme por Ana. La ciudad la hubiera devorado, ahora sé porque estuvimos separadas, la sombra no habita en la luz. Trato de vestirme igual que siempre, con colores vivos que contrastan con éste panorama estéril. Ana está en su mundo, pero emerge para oírme, el brillo suspicaz en sus miradas me dice más que un discurso de horas.

Sé que me dará pena dejarla, pero no existe otro sitio para ella que aquí. He llegado a este pueblo con la idea de recuperar al hombre que amé y largarme de aquí con él. No puedo entender dónde nos desconectamos. ¿Será porque me negué a pasar la noche con él? Tal vez. Ha pasado un tiempo de ese episodio y no ha notado que dejé de ser aquella niña, soy una mujer, la que evoca el deseo con cada mirada.

Escribo cartas a Sam, una por semana, no ha respondido. No pierdo las esperanzas, insisto:

¡Sam! Samy, por favor respóndeme, necesito de tus locos consejos. Necesito saber que al volver estarás ahí apoyándome. Voy a lograr mi cometido, no lo dudes. Pero temó a mi padre, aborrecerá la idea de verme con el hombre que le quitó a su esposa. No, no me perdonará. Solo te tengo a ti.

Escríbeme. Dime si has visto a mi padre. Si sigue atendiendo su consultorio, si ha continuado con su vida, espero que sí. Lo extraño. Aquí mi madre me repite que debo decirle papá a mi novio, está loca. Es una puta sinvergüenza. No es mi madre, no, una madre no le hace estas cosas a su familia.

Espero que me puedas contestar pronto. Aquí no tengo señal de nada. He vuelto a la prehistoria.

Dana.

III

Mi madre salió temprano a supervisar a los trabajadores en las plantaciones, no volvería hasta la noche. Él estaba solo en el salón. Pensé que era el momento indicado. Probar que no me ha desterrado de sus pensamientos. Me bañé. Con el cabello mojado salí envuelta en una toalla, como en una tonta película americana. Me le presenté. Su mirada cambio, sabía que en el fondo me deseaba. Se acercó, cerró los ojos y solo acarició mi cabeza de manera paternal. Dio la vuelta y se dispuso a salir. Corrí, me aferré a su brazo con mis manos húmedas. La toalla se deslizó al suelo. Estaba desnuda y el pudor inundó mis mejillas. Pero recordé, no debía retroceder. Lo besé en los labios y solo sentí tensión en los suyos. Se libró de mi cuerpo, recogió la toalla, cubrió mi desnudez y rompió mis esperanzas.

-Vístete. Es hora de almorzar. Te espero en el comedor -me dijo. Me quedé temblando, no de frío, mientras se perdía por el pasillo.

Regresé a mi habitación. Confundida. Encontré a Ana sentada en mi cama, como siempre silenciosa, casi fantasmal. Su mirada nada bonita me irritaba, era como verme horrible, era el espejo que no había en casa. Uno que deformaba todo. A veces ronda por mi cabeza esa idea ¿Si estuviera muerta? Sería libre, no estaría prisionera en este triste lugar. Incluso si aceptará el fracaso y desistiera de mis planes, volvería a la ciudad sin remordimientos. Luego pensaba era la única que aún en sus silencios, ni con miradas, ni actitudes, me reprochaba cosa alguna.

La monotonía me enferma, estoy acostumbrada al intempestivo ritmo citadino. Apenas hay electricidad, no se ven antenas ni cables, estoy sobre la nada. La casa me sofoca. A veces hago cálculos y planeo mi fuga. Luego pienso en él, la última vez antes de la bruma y la perdida. Aquella noche estábamos solos. Temblaba sabiendo que la niña debía morir. El me besó, cerré los ojos y sentí su mano descendiendo por mi vientre, los botones del pantalón abrirse y ceder. El corazón me dolía por la violencia con que latía, mientras sentía una húmeda complacencia brotarme por la entrepierna. Sentí el peso de su cuerpo, abrí los ojos. No reconocía su mirada, me asusté. El trato de seguir y yo solo lloré. El teléfono sonó. Lo vi levantarse y contestar. Yo seguía sollozando bajito, mordiéndome los labios.

-A veces olvido que eres una niña. -Suspiró y encendió un cigarrillo, se quedó junto a la ventana; los bocinazos silenciaron mis sollozos- Vamos a comer y te llevo a tu casa. ¿Quieres?

Volví a encontrar esa mirada complaciente, la niña en mí sonrió y dejo a la mujer recluida, frustrada y ávida de él.

Tuve un episodio raro de pérdida de memoria, dijeron por estrés. Mi madre dice que el aire del campo sana todo, a mí me enferma. Paso los días esperando una carta que no llega. Ahora estoy aquí con la sombra del hombre que amé.

Casi no salgo de la casa. Si en la ciudad había culebras citadinas e inofensivas, aquí en el campo hay muchas serpientes agrestes y venenosas. No me gustan ambas. Mi padre comprendía mi amor por el bullicio de la ciudad. En cambio, mi madre y Ana parecían combinar perfectamente con el paisaje rural, agrio y silencioso. Lo único que me une a mi madre es Ana, luego aborrezco su sonrisa, sus palabras son como ruido en mis oídos. Me alejó de mi padre, me quitó el hombre que amo, me retiene en un mundo que no es el mío.

A veces ya no sé qué día es, que hora. Hoy me tiré en el sillón con el sol en lo alto y de pronto me desperté en la oscuridad de mi habitación. Salí descalza a caminar por el pasillo. Al pasar por su dormitorio los oí. La puerta no encapsuló los susurros cariñosos, los gemidos y las risas. Con el labio sangrando, despechada, sentí que el aire me faltaba. De la penumbra salió mi reflejo, se sentó a mi lado en mudo apoyo. Esperamos a que los gemidos cesen. Bajé a la cocina, como siempre estaba cerrada, solo madre entraba. Subí a mi habitación con mi sombra persiguiéndome, siempre silenciosa. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Estaba a punto de gritarle, quería estar sola. Pareció entender mi deseo, salió. Empujé la puerta para cerrarla y una mano la detuvo. Era él. Tenía una mezcla de furia y deseo en la mirada. Dejé que pase y mi indignación se asfixió con un beso suyo. Esta vez mi voluntad, mis miedos se extraviaron en sus ojos. El ligero vestido cayó al suelo. Dejé que me invada y olvidé con alegría a mi madre.

El calor de la mañana me abrigó, permanecí desnuda sobre la cama, exhausta. Cuando abrí mis ojos, ella estaba ahí mirándome, con una sonrisa indefinible. Me cubrí con la sábana. Ella se agachó y buscó debajo la cama. Sacó un fajo de hojas envueltas con un periódico amarillento. Lo dejó a mi alcance y se sentó a mi lado.

Reconocí cada hoja, eran las cartas a Sam.

El desgastado periódico que lo envolvía tenía una nota de prensa subrayada con rojo:

Se encontró el cadáver del joven empresario Alberto Toledo en el basural de la ciudad, con el miembro cercenado. A metros de él, se encontró el cuerpo de una adolescente aún no identificada, con múltiples laceraciones en el rostro. La policía está en proceso de investigación y no ha emitido una declaración oficial.

¿Alberto muerto? Y ¿Quién paso la noche conmigo? ¿Quién con mi madre?

IV

Trato de recordar y todo es tan confuso. Una fiesta en la casa, otra fiesta en el cuarto de jardinería. ¿Dónde estaba Sam? Yo, no era la de ahora. Busqué con mis pequeñas manos sobre el colchón. Encontré a Sam suave e inánime, como siempre. La abracé y no me abandonó ni cuando destrozaron mi inocencia.

Y el evento parecía circular, solo un detalle cambió la última vez, la casa estaba en silencio, pero en el cuarto de jardinería yo era una mezcla de químicos y alcohol que reía sin parar, para estar con él, para romper la perpetua turbiedad en que se sumió este cuarto. Al arrodillarme sentí el roce con algo, pensé en las asquerosas culebras de jardín, agarré el zapapico y cercené el miembro de mi novio. Sam se ensució, pobre Sam quedó sola sobre el colchón.

Perseguí la imagen de un hombre que habita en mi casa. Mi madre repetía que era mi padre. Y Ana, mi opaco reflejo, no me detuvo de cometer incesto. Y él me embistió sin rastro alguno de amor paternal. Es que si lo pienso es probable que Ana es el reflejo de lo que no quiero ver. Es o somos: otra víctima silenciosa, que siendo utilizadas somos arrinconadas lejos de la vista del mundo. En este lugar no hay espejos, porque no hay nada que reflejar. Adoré el espejismo de un hombre "perfecto" y odié la imagen de la mujer que me dio la vida. Si estoy loca o muerta, no importa. Esto es el limbo.

FIN

Marisol Ticona nació en La Paz, en el seno de una familia multicultural aymara-quechua. Estudió en un colegio de convenio boliviano-español regentado por monjas de diversos países. En la Universidad Mayor de San Andrés tuvo la oportunidad de aprender un poco de varios idiomas en el CETI. Además de estudiar, trabajó en proyectos educativos con niños y mujeres en CARE Bolivia. Ha transitado por diversos proyectos en todo tipo de campos, eso le ha ayudado a enriquecer su visión de la vida. Gracias al Club de Lectura La Paz, ha participado en talleres y publicado cuentos de diversos géneros.   


Te presentamos uno de los tres mejores cuentos escritos en el taller online de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", facilitado por el escritor Mauricio Murillo y organizado por nuestro Club de Lectura La Paz.

Regístrate y entérate de nuestras actividades, concursos, tertulias, etc.