Cuento "El hombre del sombrero" de Josué Canelas Nova

Te presentamos uno de los tres mejores cuentos escritos en el taller online de escritura creativa "Cómo escribir un cuento de horror", facilitado por el escritor Mauricio Murillo y organizado por nuestro Club de Lectura La Paz.

Cuento "El hombre del sombrero" de Josué Canelas Nova
Cuento "El hombre del sombrero" de Josué Canelas Nova

El hombre del sombrero

Josué Canelas Nova

Estaba en posición fetal, con el celular en la mano, tratando de conciliar sueño. El ambiente era frio y mi insomnio apenas comenzaba. Mi esposa dormía plácidamente al otro lado de la cama y yo intentaba quedarme quieto para no despertarla.

Siempre he tenido miedo a la oscuridad, desde muy pequeño. Mis papás me compraban lamparitas de noche, de esas que conectas a la toma de corriente y forman figuras con la luz en la habitación. Tenía una colección muy amplia que ahora pertenece a mi hija. Había con estrellas, nubes, lunas, planetas, flores e incluso Batman. Cada una de un color diferente. Pero, una en especial que odiaba usar tenía forma de sombrero de copa. La luz era blanca muy opaca y cuando estaba conectada apenas iluminaba. Nunca fue problema, porque podía cambiarlas cuando quisiera. En mi escepticismo, decidí quedármela para no dormir completamente a oscuras y que mi hija no sufra de los mismos temores que yo de niño. Aparte de mi celular, esa lamparita era la única fuente de luz en ese momento.

El frío me hacía temblar de rato en rato en rato, y la preocupación más grande que podía tener esta noche dio vueltas mi cabeza y no quería levantarme. El baño estaba a unos 15 pasos de distancia. Me puse las pantuflas, cerré bien mi bata y caminé en dirección a la puerta. Giré la perilla lentamente y sentí un presentimiento extraño, algo que pasa a menudo en la calle o en el trabajo, cuando alguien se te queda viendo fijamente. Mi piel se puso de gallina y un leve escalofrío recorrió mi espalda. La razón me decía que desperté a mi esposa al levantarme, pero mi cabeza repetía que girara para ver lo que era. Quedé paralizado unos instantes y moví la cabeza lentamente hacia atrás, solo para darme cuenta que no había nada y que mi esposa seguía en el mundo de los sueños.

La luz me brindaba tranquilidad, podía observar a detalle mis paredes color crema, mis amplias ventanas tapadas con una cortina de seda y mi techo blanco. Antes de apagarla para volver a la cama, di un vistazo rápido, pensando que los monstruos se escondían, pensando que el momento perfecto para asustarme es cuando las luces están apagadas.

El viento golpeaba con suavidad las ventanas dejando pasar un leve silbido al interior. Mi vista se posaba en las delicadas cortinas y las sábanas me cubrían hasta el cuello. Parpadeaba a un ritmo lento esperando el momento para caer dormido por el cansancio.

El reloj de pared sonaba con cada segundo que la manecilla mas larga se movía. Mi vista pasaba de un lado al otro en el limitado rango de visión que tenía. Mis ojos cansados hacían que la habitación se torne mas y mas oscura a cada instante, y que mis pensamientos vuelen al vacío. 

Tick, tick, tick y el reloj dejó de sonar. Un fuerte escalofrío recorrió mi cuerpo. Abrí mis ojos aterrado, estaba paralizado y no vi nada detrás de la ventana. Giré la vista y justo enfrente mío lo vi. Un sombrero de copa alta iluminado por la lamparita, con una cinta blanca en el ala. Solo unos centímetros debajo, dos manchas negras grandes, una al lado de la otra, parpadeando hipnóticamente y, debajo una sonrisa negra muy larga y sin dientes visibles. Y estaba seguro que eso no era parte del techo.

Quedé asombrado. Mis ojos no podían dejar de ver aquella extraña figura que sonreía y jugueteaba con la iluminación, en un momento esta delante de mío y al siguiente se movía y se paseaba por toda la habitación, observándome con esos ojos profundos y una sonrisa que se intensificaba cada vez más, hasta que la lamparita se apagó.

En ese momento estaba en un limbo existencial, pensando si era parte de mi sueño, o si seguía despierto. Lo primero que me pasó por la cabeza era que el foquito de la lamparita se quemó. Los segundos eran lentos, la presencia había desaparecido. Mi intriga aumentaba más y, antes de armar un escándalo, traté de investigar por mi cuenta.

Encendí la linterna del celular como pude y comencé a buscar. De izquierda a derecha, de arriba abajo. No había rastros del sombrero. Temblaba, pero ya no de frío, sino de temor. Agarré valor de donde no tenía y me paré, con linterna en mano. Caminé lentamente hasta el interruptor de la luz, y cuando la habitación fue iluminada, parecía que todo había acabado.

La luz me daba paz y valor. Me agaché y revisé bajo la cama, nada. Abrí las enormes puertas del ropero, nada. Revisé la pequeña lamparita y todo estaba normal, la conecté de nuevo y funcionó.

Me dirigí al baño nuevamente, abrí la puerta y admito que perdí el control de mi cuerpo, que temblaba sin parar, mis manos ni piernas no respondían, y aquel rostro que hace algunos momentos atrás me generaba miedo e intriga, ahora causaba en mi asco y repulsión, porque es difícil explicar cómo vi esos enormes ojos negros y aquella desfigurada sonrisa salir del reflejo del espejo. Los ojos se despegaban del cristal como si fueran dos chicles viejos y la boca era gelatinosa, pero ahora no eran negros, sino blancos casi transparentes que empezaron a formar alrededor de él un rostro muy oscuro donde no se percibía ningún otro rasgo facial. Medía casi 2 metros de altura, en una figura delgada e intimidante y encima de lo que yo entendí que era su cabeza, un sombrero largo de copa, el mismo que había visto dibujado en mi techo.

Mi esposa llegó a mi rescate. Como la mujer valiente que siempre fue, se puso delante mío y presenció lo mismo que yo, pero ella no parecía asustada, más bien tranquila. Aun así, ambos nos quedamos quietos unos segundos, viendo como «El Hombre del Sombrero» desaparecía delante nuestro. Su cuerpo emanaba vacío, una sensación de profunda tristeza, que sentimos cuando caminó entre nosotros para salir de la habitación. Sus pasos eran lentos, secos y pesados.

La poca luz que salía al pasillo principal, no dejaba verlo, pero nosotros estábamos seguros de que se encontraba ahí. Mi esposa, tomando la iniciativa, corrió a la habitación de mi hija, pero antes de que pudiera llegar; la puerta se cerró con violencia asegurándose y sabíamos que él estaba dentro.

Un grito desgarrado de mi pequeña, me estremeció por completo. Mi esposa le gritaba que se calme, que "mamá y papá estaban ahí" pero, al parecer, no nos escuchaba. Tal vez mi instinto paternal pudo más que ese confuso y atemorizante momento que viví y, antes de pensarlo bien di un par de patadas a la puerta que terminó abriéndola.

El Hombre del Sombrero giró su cabeza hacia nosotros, estaba parado encima la cama delante de mi hija que gritaba y lloraba desconsoladamente, pero seguía dormida. Sus bracitos se agitaban y su cuerpo se estremecía. Encendí la luz y aquel misterioso ser se escondió en el ropero golpeándolo, dando a entender que estaba molesto. Cargué a mi pequeña que no paraba de llorar y la llevé a mi cama mientras mi esposa iluminaba toda la casa.

Volvimos, con una lamparita de noche y agua bendita a iluminar el pequeño armario de esa habitación y por más que lo buscamos, ya no lo encontramos. Mi pequeña quedó dormida profundamente y cesó su sollozo.

Esa noche ya no dormía, porque al cerrar los ojos recordaba esa macabra sonrisa y, donde quiera que dirigía la vista, imaginaba la delgada, alta e intimidante sombra con el sombrero de copa. El sonido de sus pasos resonaba en los cuartos de la casa y escuché unos leves golpeteos bajo mi cama, en el ropero y en el techo. Haciendo que la experiencia se alargue como si no fuera a terminar nunca. Al menos lo peor de la noche ya había pasado.

El amanecer me alivió profundamente y mi niña despertó tranquila. Aparentemente sin recordar lo que pasó.

No volvimos a tocar el tema hasta hoy que volví a verlo sonreír en la sombra de una mañana nublada, antes de que mi hija corriera hacia nosotros diciendo: "Me visitó el hombre del sombrero papá, y tiene un mensaje para ti. Al hombre del sombrero no le gusta que lo vean".

FIN

Josué Manuel Canelas Nova

Nació el 18 de junio del 2000 en Cochabamba - Bolivia. Amante del rock clásico y el sonido del violín. Fanático de The Beatles, Queen y La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Escritor de historias fantasiosas y deprimentes. Asesino de personajes y sueños. Creador de momentos y eternidades.

Estudiante de Comunicación Social, que conoció la pasión de leer y escribir gracias a la Biblioteca Thuruchapitas. Escribe desde muy pequeño relatos cortos, con finales depresivos y poemas inspirados en las obras de Walt Whitman y Charles Baudelaire.


Muy pronto nos reuniremos, actualmente nos dimos la gran tarea de organizar, como Club de Lectura La Paz, un encuentro nacional de Lectores y Clubes de Lectura, con el objetivo de lograr un intercambio de experiencias que puedan mejorar los objetivos en común que perseguimos y al mismo tiempo conseguir una confraternización entre los amantes de los...

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